Me llamaron a eso de las seis. “Ya tenemos la carne. Te esperamos a las 9 en casa.“
Estuve el sábado por la noche en casa de unos amigos. Maite y Carlos. Los conozco desde hace años, pero aún no entiendo la costumbre esa de teorizar y filosofar de temas intrascendentes mientras tienes un estupendo plato regado por un buen vino.
Carlos comenta algo sobre Francesc Baltasar y la vivienda. No le contesto; todo eso me aburre. Piensa que todo esto es el principio y decadencia de Occidente. Lo mismo decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y decadente; la corrupción está en todas partes.
La comida olía francamente bien: un asado adornado con higos y nueces. Parece una pierna entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. Dejo ir el comentario. “Eso es exactamente lo que es“, comenta Maite.
Bromeaba. Así que dije: “Perfecto, córtame una buena tajada“. La carne, aderezada con salsas, no estaba mala. “Oye, sabes que no está nada mal? Qué es?” “Lo que te dije: una pierna humana, la parte de arriba, el muslo. Es de un chaval de quince años que vino el otro día a vender boletos para un viaje de fin de curso. Lo dejamos entrar, le dimos algo de comer, pero no sabía comportarse, así que lo degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y le metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad prefiero la ternera“.
Yo seguía creyendo que era una broma, así que le comenté que quería ver el congelador. “Ven“. Abrió la puerta del congelador, y ahí estaba el torso, pierna y media, dos brazos y la cabeza. Troceado así. Todo parecía muy higiénico, pero la verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos azules abiertos, la lengua colgando…estaba congelada hasta el labio inferior.
Me empezaron a dar vueltas las paredes y no podía dejar de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada… Una cosa asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa asesinada debería estar chillando, no sé.
Lo cierto es que me acerqué al baño y vomité. Estuve vomitando mucho rato. Luego les dije que tenía que largarme.
El caso es que Maite se planta delante de la puerta y me dice: “Escucha…, no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre…, libre…“
Seguí con la idea de marcharme. Quería huir de allí. Los dos dijeron: “Adiós, que vaya bien, pues…“.
Definitivamente, no fui a la policia. Al llegar al callejón pensé: “Ellos fueron sinceros conmigo y no quisieron ocultarme nada“. Pensé que Maite y Carlos eran buena gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es desconcertante. Incluso pienso en aquel chaval del congelador como si fuera una especie de gran conejo congelado…
Di media vuelta. Piqué al timbre. Al abrir la puerta, les dije que quería repetir de segundo. La carne estaba estupenda.

Holocausto caníbal