Separando sus labios de forma pausada, como el suave vuelo de la alondra, empezó a recitar la letanía que su padre le había enseñado.

Era una tradición familiar. Heredada de padre a hijo desde tiempos inmemoriales. Según le había contado su progenitor, el apellido de sus ancestros levantaba miedo entre los españoles católicos de la Edad Media, un miedo que había calado de generación en generación hasta el día de hoy, donde el último de los Torquemada, Ricardo, se disponía a empezar su particular viaje iniciático, convertido en el nuevo gurú de la tortura.

Juana de Arco en la hoguera

Ricardo pronunció lentamente el discurso aprehendido, levemente modificado por el fragor de los años, y se dispuso a ejercer como el nuevo garante de la censura en los blogs. Tenía un apellido que defender.