Hoy en día, el mercado literario consigue que se vendan productos sobrevalorados y de ínfima calidad a los cuáles sólo les es necesaria una campaña de marqueting considerable, vive El Código Da Vinci.
Bajo esta premisa, en la que en el país de los ciegos el tuerto es el rey, podemos aseverar que Wilt, de Tom Sharpe, ejerce una dictadura descomunal en su mundo, el de las letras.
Os voy a contar el principio. El protagonista da clases en un Instituto de Formación Profesional que adereza su plan de estudios con unas pizcas de “Humanidades“. Le corresponde la ingrata tarea de enseñar literatura a personas que no sienten el más mínimo interés por leer. Los aprendices de carnicero, de fontanero o de electricista son bastante refractarios, pero curiosamente los peores son los juveniles de impresor.
Podría creerse que las obvias frustraciones que le causa su profesión están contrapesadas por las alegrías de su vida privada. Lejos de ser así, su matrimonio con Eva no marcha bien. Ella no es exactamente mala, pero quizá no acaba de ser la persona adecuada para compartir casa con Wilt. Cada día soporta peor sus cambios constantes para seguir la última moda en “hobbies”, religión o cualquier cosa de las que “se llevan”, y empieza a imaginarse un parricidio.
Un día su encantadora Eva conoce a los Pringsheim, una original pareja de americanos, que la inician en todo un abanico de nuevas posibilidades incluyendo la aparición de Judy, una muñeca hinchable, que jugará un cierto papel en la historia.
A causa del malestar que le produce la situación, Wilt abandona el lugar, deja allí a Eva y se marcha a dar una vuelta. Al llegar a casa, encuentra una nota de su esposa, que le comunica que se va de viaje con los Pringsheim. Como se ha acabado el papel higiénico, la emplea para el uso que suele darse al mismo, arrojándola después al inodoro.
Y aquí empiezan sus problemas. Eva ha desaparecido, pero él no puede demostrar que está con los Pringsheim. Cuando la policía empieza a investigar, lógicamente sospechan que la ha asesinado. Una hipótesis que todas las pruebas circunstanciales parecen fundamentar. El inspector Flint comienza el interrogatorio del sospechoso, pero el pobrecillo no sabe que nuestro hombre, después de diez años entre sus alumnos de Formación Profesional, es mucho más duro de pelar de lo que parece.
Y hasta aquí puedo leer. Un buen narrador puede sacarle mucho juego, cosa que Sharpe consigue, convirtiendo la historia en un reguero de situaciones cómicas que provocan en el lector tal hilaridad que no podrá contener la sonrisa.