Hordas de meteorólogos, aconsejando (y aconsejados) a avezados científicos llevan al menos un lustro pronosticando el fin del mundo en forma de cambio climático.

Según estos aprendices de brujos informatizados, el cambio vendrá donado por el incremento de la temperatura a escala global, lo que implicará desgracias climáticas a lo largo y ancho del planeta (coño!, pero si es redondo, aunque ligeramente achatado por los polos), convirtiendo nuestro terruño en un hogar inhabitable donde el deshielo producirá auténticos crímenes en la geografía litoral de muchos países.

Ja! Haciendo un acopio de memoria, y rememorando los últimos veranos, sólo el del 2003 se salva de la quema por lo que respeta a ese aumento de la temperatura durante la canícula. Ese estío, que sirvió en parte para recuperar las pirámides de población en muchos países de la Europa occidental, se recordará por los más de 40 días consecutivos que el mercurio trepó por encima de los 30ºC.

Desde entonces, el marasmo. Nubes, lluvias, tormentas veraniegas y temperaturas por debajo de lo habitual. La excepción se está convirtiendo en norma, y ya no es extraño ver turistas ataviadas con rebequitas mientras visitan los puntos turísticos de cualquiera de nuestras ciudades, mientras las playas se vacían ante el temor del sector terciario.

Vitoria-Gasteiz se levantaba el lunes a 8ºC, símbolo inequívoco que el verano se retrae cuál capullo en flor y que la única verdad sobre el cambio climático es que de los tres meses estivales que antaño disfrutaban los púberes estudiantes ha quedado reducidos a poco más que una quincena ante la cobardía, estupefacción y desconocimiento del sector meteorólogico, más preocupados en alarmar al respetable con ataques furibundos de bancos de medusas, migraciones de osos polares a islas inhóspitas o tsunamis lejanos que no en reconocer su incapacidad para pronosticar el tiempo a corto plazo.

Quien quiera sol, que se vaya a Madrid!

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