No me considero una persona especialmente urbanita. Tampoco especialista en arte clásico, historia o arquitectura, sea efímera o moderna. Ni mucho menos me gusta vestir a la última, exhibiendo extravagancias y cortes de pelo extremos, difíciles de mirar y complicados de elaborar. Por si fuera poco, una bicicleta en mi posesión se convierte en algo carente de sentido, al igual que el alemán, un idioma complicado al que difícilmente se ponerle buena cara mientras me pierdo en los recovecos de sus declinaciones.

Quizás sea por eso que volví encantado de Berlín. Quizás sea por todo lo contrario que la antigua capital del Tercer Reich se haya convertido en mi ciudad europea favorita.

The Wall – Pink Floyd