Dublín, capital de Irlanda, el país verde. Poco más de 500.000 habitantes moran sus típicas calles, atestadas de bajos edificios de estilo georgiano y cromáticas puertas, donde los manidos pubs predominan sobre cualquier otra actividad comercial y/o industrial.

Hapenny bridge - Liffey River

Ha'penny bridge - Liffey River

Los típicos tópicos que cada país o región arrastra nos hablan en este caso de dublineses amables y parlanchines, amantes del jolgorio y la noche; de un país donde la lluvia predomina sobre los días de insolación y de unos habitantes de espíritu combativo las reminiscencias del mismo hay que rebuscar en la histórica opresión sufrida por parte de los ingleses y la anhelada independencia conseguida a principios de la década de los 20.

Como reputado antropólogo creo menester destapar las verdades y mentiras de este simpar pueblo, embriagado por los leprechauns:

- Su carácter luchador, vinculado a sus ancestros, que le permitió conseguir la independencia respecto la Pérfida Albión: MENTIRA. Tras visitar Dublín, entiendo el porqué la capital irlandesa está hermanada con nuestra Barcelona. Se trata de dos pueblos loser por excelencia. Por un lado, los catalanes celebrando su Diada, la pérdida de su independencia política en el ya remoto 1714. Por el otro, unos acomplejados irlandeses, siempre pendientes de sus vecinos más cercanos, viendo fantasmas donde no los hay y relegando al olvido más disoluto sus señas de identidad más cercanas, como son Michael Collins (con sólo una mísera estatua en la entrada del cementerio, en los arrabales de la capital, está considerado ¡un traidor a la causa!), la bandera irlandesa (nos dieron varias teorias sobre su significado) o el símbolo capital, el arpa (con otras varias contradictorias teorías: fue Guinness quien vendió el símbolo al Estado tras su independencia o a la inversa?). Si nos referimos a su historia más antigua, observaremos que en Dublín se venden patrañas recordando el origen celta de los habitantes de la isla. Origen incierto, ya que en nuestro periplo por la capital tan solo se hace mención a los pueblos vikingos (s.X), obviando un pasado más remoto. Recordemos el dicho que asevera que “el pueblo que olvida sus errores está condenado a repetirlos”.

- Y hablando del futuro, se sabe que los sueldos, y la vida, en Irlanda son caros. El progreso tecnológico es notable (las sedes europeas de Google y Microsoft se aposentan en este verde terruño) y el indicador de utilización de Internet se encuentra entre los más elevados de Europa, incrementado por una media de edad de sus habitantes inferior a la europea. Esto comportaría una sociedad en claro progreso económico y cultural: MENTIRA. Exceptuando la fábrica de la cerveza Guinness (a quién hay que dar de comer a parte) el edificio más alto de la capital ostenta el lamentable record de 60 metros, con sus 16 plantas. Además, no se trata de ningún centro económico ni industrial. Este indicador demostraría la poca representatividad de la economía irlandesa a nivel europeo y mundial. Un país que vivió (y murió) exclusivamente de la patata vive ahora a expensas del comercio cervercero. Nos remitimos al corolario del punto 1.

- El sector terciario y el turismo salvan muchas economías: MENTIRA (o al menos, NO la de Irlanda). Si exceptuamos el lucrativo negocio de los pubs y sus medias pintas, en Dublín, el turismo es maltratado sistemáticamente. Horarios leoninos de apertura de museos y galerias se suman a la lamentable organización de los recintos. 8€ por visitar la mítica Saint Patrick’s Church, con sus reliquias históricas acompañadas de cajas de cartón, sillas de despacho y dedos de polvo. Quizás el patrón de la Isla Esmeralda esté de mudanzas.

- Los habitantes de Dublín son charlatanes, amables y cálidos: MENTIRA. Se trata de gente distante, con cierta tendencia a la excentricidad (mucho cantante bohemio, mendigante suelto y mujeres que sin la menor verguenza calzan tacones vertiginosos, embutidas en vestidos de seda y satén que no sirven para esconder peligrosas lorzas para su presión arterial. Los conductores son agresivos. Nunca esperan a que el peatón concluya su paso por la calle y aceleran como señal amenazante. De hecho tampoco frenan con el semáforo en rojo, salvándonos por milésimas de un atropello seguro (la avispada conductora no puede decir lo mismo, después que su coche fuera embestido por un furibundo taxista). Los peatones, atenazados por el constante peligro de los vehículos, nunca ceden el paso, andan por donde les sale del dedo gordo del pie y ante un posible contacto, no aflojan, golpeando sin compasión al rival de acera. La mezcla ideal entre ambas especies urbanitas sería el niño prepúber que desde el interior de un vehículo, y sin previa provocación, levantó su dedo corazón con saña a su paso por nuestro lado. Hablamos de gente que ni cuenta con un equipo de futbol en la Primera División de una devaluada competición, y que viste impunemente camisetas del segundo mejor equipo de Europa. Losers.

Sálvese quien pueda

Sálvese quien pueda


Como apunte extraordinario destacar el bajo número de personas migradas que pululan por Dublín. Eso si, los pocos que vimos no se escapaban de la suerte de todo recién llegado: trabajos inestables y ghettos sociales (entendiéndose como ghetto el trío de paquistaníes que tomaban el sol en un banco).

En definitiva no me ha parecido un lugar especialmente digno de visitar a menos que uno sea forofo de la Guinness o un fanático de algún conato de cultura revolucionaria (re)venida a menos, al igual que una simple patata chip con sabor a ajo.

Eso sí, no os quedéis con mi versión negativa de la capital. Un lugar poblado de seres pelirrojos que amalgaman todo el arco cromático del naranja no puede sino, ser considerado mi segunda casa.