Preikestolen -púlpito en noruego- es el nombre de una formación rocosa en la costa suroeste de Noruega. Situada en el fiordo de Lyse se trata de un saliente con una caída vertical de 604m. La meseta superior mide unos 25m x 25m, a la cual se accede por un camino de unas 4hr de duración a través de senderos de montaña y lagos glaciares. Esto incluye más o menos dos horas de subida, media hora de estancia en lo alto y hora y media de bajada, si el paseante se halla en buena forma física y algo más si las condiciones climatológicas resultan adversas.

Preikestolen

Preikestolen

09:00 Nuestro amado líder nos indica por activa y por pasiva que coronar el Preikestolen no es moco de pavo. Si llueve no tendréis ningún lugar para resguardaros. Lleva dos días previniéndonos que sin calzado adecuado es mejor no subir. Si uno corre el riesgo de sufrir un aneurisma, tampoco. Yo, que ya tengo una edad y no había pasado por Decathlon previamente tomo consciencia que puedo perder la vida en el intento, de modo que paso la última hora antes de la ascensión haciendo repaso a mis casi 12000 días de vida: he plantado un pino (o varios), he escrito numeros (e infructuosos) posts, y no he tenido un hijo porque el látex lo ha impedido. Estoy preparado.

10:00 Se abren las puertas del autocar. Como una plaga de mangostas desbocadas, 36 valientes afrontan la subida ataviados con sus mejores mortajas. Luce un radiante sol que induce a pensar en una tranquila ascensión con el fiordo a nuestros pies. Los primeros minutos actuan como aperitivo del próximo atracón: piedrecitas que se convierten en piedras para pasar a ser pedruscos amaradas por una pertinaz y notable inclinación que causan las primeras bajas en las mórbidas carnes de los más débiles.

10:45 A medio camino de la cima, llegamos a los lagos de origen glaciar. El pelotón se ha roto. Unos buscando la mejor fotografia. Otros, agonizando, con los gemelos destrozados por la dureza de la subida. Los más afortunados, superados por mis innatas condiciones de atleta, otean mi nuca en lontananza justo antes que el cielo se cierre de golpe ante el efecto del ángel exterminador, quién hace brotar gordas gotas con el sutil movimiento de su ígnea espada. La ocasión la pintan calva, como insinua Mortadelo, así que acelero el paso con la intención de coronar primero la dichosa roca, utilizando mi sudadera como chubasquero ocasional para evitar que la mochila sufra un colapso por humedad.

11:20 El horror, el horror! (leer como si se tratase del Coronel Kurtz). Bajo una cortina de agua de moderada intensidad corono el fiordo. Llego en manga corta, con mis zapatillas Victoria, ante la sorpresa general de los muchos grupos de excursionistas profesionales que han madrugado más que nosotros y se protegen de la intemperie con chubasqueros, botas de montaña, capelinas y demás estulticias. El valor se confunde a menudo con la temeridad y el cementerio está lleno de valientes que un buen día superaron de forma absurda sus propios límites. Temo que la bajada certificará mi defunción, puesto que los torrentes inundan el antaño delimitado camino, filtrando el preciado elemento entre las ahora resbaladizas piedras. Pido clemencia por mi arrogancia, esperando una hora bajo el agua por si amaina. Pero los dioses escandi(nabos) demandan sangre, de modo que me dirijo con la cabeza bien alta hacia el patíbulo.

12:30-14:00 Descender un mar de piedras atravesando un río de agua encabritada se ha convertido en quizás la experiencia mística más intensa que he vivido (exceptuando la penetración anal). Observando efigies santorales en las siluetas de las nubes. Oyendo voces en mi interior que piden que abandone, que derrotado, dé un pequeño gran salto al vacio. Viendo la excursionista de la curva, justo detrás del abedul ese de ahí. Caídas y más caídas. Culos llenos de barro. Arañazos. Agua, mucha agua. Y sin embargo arribo al campo base. Exhausto. Con cinco kilos más, los que tendré que escurrir de mi ropa…sino quiero que este nuevo tiempo que me ha sido concedido acabe antes de lo esperado con la tos de una repentina neumonía.

Prueba superada.